Estética en la Edad Media.


Las obras de arte de la edad media están estrechamente ligadas al pensamiento religioso, en especial al cristianismo. Todo el arte del medioevo está relacionado con imágenes religiosas, buscando más que una belleza sensible basada en la imitación de la naturaleza, una belleza figurativa basada en formas geométricas rompiendo con la herencia de la antigüedad clásica, también hay una busque de una belleza que esta más allá de lo sensible, es una belleza de concepto ligada directamente a la obra y lo que ésta simboliza (pensamiento de San Agustín). Hay poca preocupación por la imitación de la realidad y las obras, en especial la pintura, posee un marcado geometrismo y esquematización. San Agustín reconoce una belleza sensible como aquella captada por el ojo, pero la cree una belleza no completa y que no está por encima de las almas. Para que la obra sea completamente bella debe haber una idea o un concepto basado en símbolos que puedan ser descifrados para alcanzar ese goce de comprensión y belleza comparados con Dios. La gran belleza de San Agustín radica en la combinación de una belleza sensible y otra conceptual e invisible en la obra, se puede decir que entra en juego lo formal de la obra (belleza sensible), y lo simbólico (belleza conceptual). El artista, para San Agustín, conjuga en la obra una doble mimesis, imitando por un lado los vestigios de una belleza real, con ciertas variaciones, y por otra parte copia imágenes dadas en su interior el cual formula conceptos.

En la Edad Media los problemas estéticos se derivan de la Antigüedad clásica, pero confiriéndoles un significado nuevo, partiendo del sentimiento del hombre, del mundo y de la divinidad propios de la divinidad cristiana (a partir de la tradición bíblica y de la Patrística) incorporándolos en nuevos marcos filosóficos.
No vamos a entrar a desarrollar la estética de ningún autor en concreto; pero iremos presentando el desarrollo de distintos posicionamientos acerca del arte y de la belleza y, de ese modo, incluiremos las opiniones de algunos pensadores de esa época.
En la Edad Media existe una concepción de la belleza puramente inteligible y de la armonía moral, de esplendor religioso y metafísico (de corte claramente platónico). Pero esa concepción, marcada en la importancia de los símbolos iconográficos del arte medieval, impregna la realidad moral, psicológica y sentimental del hombre de la época. El arte expresa, sin duda, la pretensión de amar a Dios; pero ese amor espiritual no niega el atractivo que suponen los objetos sensibles. El asunto crucial es dejar patente que la inclinación al amor ornamenti, a las iglesias suntuosas y a la belleza del canto y de la música debían estar puestas al servicio del amor a Dios.
Un buen ejemplo de esta situación es la polémica generada por los cistercienses y los cartujos en el siglo XII. Los primeros arremeten contra los lujos decorativos en las iglesias y en su estatuto prohíben el uso de seda, oro, plata, vitrales, esculturas, pinturas y tapices (recordemos la censura musulmana a representar figuras humanas; igual que otras censuras actuales -v. Gubern, Patologías de la imagen-) porque distraen a los fieles de la piedad y oración o porque es contrario al espíritu cristiano el dispendio económico en esas superflitates cuando hay hijos de Dios que viven en la indigencia. Pero, en realidad, no se pone en discusión el hecho estético, sino su uso para finalidades espurias al debido y exigible objetivo que debe tener el arte: ad maiorem gloriam Dei. Del mismo modo, para los cartujos, la desconfianza hacia la belleza exterior (del cuerpo) recala en la contemplación de la belleza interior (del alma); y, así, los cuerpos de los mártires, horripilantes a la vista después de los horrores del suplicio, resplandecen de una vívida belleza interior.
No cabe duda de que los hombres y las mujeres medievales disfrutan de la belleza no fijándose exclusivamente en la autonomía del producto artístico o de la realidad de la naturaleza, sino en un captar todas las relaciones sobrenaturales entre el objeto y el cosmos, en percibir el significado metafísico-religioso de la verdad. Desde este punto de vista, las distinciones escolásticas entre belleza y utilidad, entre belleza y bondad son meramente retóricas. Cierto que Isidoro de Sevilla distingue entre lo pulchrum (lo bello por si) y lo aptum (lo bello en función de algo), doctrina transmitida desde la Antigüedad, pasada de Cicerón a Agustín de Hipona; y de éste a toda la Escolástica. Pero esos mismos autores eclesiásticos que celebran la belleza per se del arte sagrado insisten luego en su finalidad didascálica; a saber, la pintura debe embellecer la casa de Dios, traer a la memoria la vida de santos y deleitar a los incultos (dado que la pintura es la literatura de los laicos).
Ya hemos apuntado la influencia platónica en el pensamiento medieval. Debemos también apuntar eb esta influencia la idea, manifestada en el Timeo, de la belleza del mundo como reflejo e imagen de la belleza ideal. Esta posición coincidía y reforzaba la tradición bíblica, ampliada por los Padres, de la idea de que Dios vio, según se relata en el Génesis, que todo lo que había hecho era bueno y según se expone en el Libro de la Sabiduría, comentado por Agustín ese mundo había sido creado según numerus, pondus y mensura, esto es, según proporciones matemáticas.
Entonces en la Edad media el arte se entendía como abstracción y manifestación de belleza divina, donde los rasgos no están del todo definidos, no asiéndose semejantes a la realidad sino una esquematización de ésta presentada como símbolo. El arte era fundamentalmente un código de actuación, es decir, una Biblia o una leyenda, en el que importa más el sentido inmutable y trascendente de la figuración y su belleza que radica más en lo ideal como representación de la bondad divina, que en las cualidades plásticas de la propia figuración.